"REDUCIR LA ESENCIA DE UNA TRADICION A UNA CUESTION DE NACIMIENTO, ES DESCONOCER SU VERDADERO ESPIRITU"

Mantener vivas las raíces propias mientras se estudia un arte tradicional de otra cultura es un acto de equilibrio, de madurez y de profundo respeto. En nuestro caso, como Argentinos que dedicamos la vida al estudio de las artes tradicionales del Japón, este equilibrio no solo es posible, sino necesario. Honrar una tradición ajena no implica renunciar a la identidad que nos formó, sino enriquecerla desde un lugar consciente y auténtico.

Las raíces argentinas —nuestra historia, nuestro idioma, nuestra manera de sentir, de vincularnos y de mirar el mundo— son el suelo desde el cual crecemos. Son el punto de apoyo que nos permite comprender, con mayor profundidad, valores universales como el respeto, la disciplina, la constancia y la humildad, tan presentes en las artes tradicionales japonesas. Cuando el aprendizaje se realiza desde una identidad firme, lo que surge no es una copia ni una imitación superficial, sino una integración viva y honesta.

Estoy en total desacuerdo con la idea de que para llegar a la esencia de un arte tradicional sea necesario haber nacido en Oriente o provenir de sangre oriental. La profundidad en un arte no está determinada por el origen geográfico ni por la herencia biológica, sino por el compromiso real con la práctica, el estudio constante y la comprensión sincera de sus principios. Reducir la esencia de una tradición a una cuestión de nacimiento es desconocer su verdadero espíritu.

Estudiar un arte tradicional del Japón de manera profunda exige rigor, humildad y una apertura auténtica hacia otra forma de pensar y de habitar el mundo. Incorporar lo mejor de esa cultura —su ética, su estética, su relación con el tiempo y con la práctica— no significa disfrazarse de lo que no se es, sino permitir que esos valores dialoguen con nuestra propia identidad. En ese intercambio, lejos de perderse, la identidad se fortalece.

La verdadera tradición no se preserva desde el dogma ni desde la exclusión, sino desde la comprensión profunda y el respeto genuino. Y la identidad no se pierde por aprender del otro, sino cuando se renuncia a ella por inseguridad o por imitación vacía. Ser argentino y practicar un arte japonés tradicional no es una contradicción, sino una oportunidad de crecimiento humano, cultural y espiritual.

Todo este camino, vivido con honestidad y coherencia, nos integra de manera natural con el verdadero espíritu uchinanchu: un espíritu abierto, resiliente, profundamente humano, forjado históricamente en el cruce de culturas, en el respeto mutuo y en la capacidad de absorber lo valioso sin perder la esencia. El espíritu uchinanchu no divide por origen, lengua o sangre; une a través del corazón, del esfuerzo compartido y del arte como puente.

Porque, en definitiva, no se necesita haber nacido en la tierra donde nació un arte para comprenderlo y honrarlo. Lo que realmente importa es dedicarle la vida con entusiasmo sincero, con amor profundo y con una dedicación verdadera. Cuando ese compromiso es real, el arte se convierte en un lenguaje común que une pueblos, enlaza culturas originarias y disuelve fronteras, recordándonos que, en su esencia más pura, el camino es uno solo y pertenece a todos.

Luis Lemos